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Acaba de dejar su tránsito por este surco terrenal el cacique wichi Crescencio Martínez, un ser humano maravilloso, uno de los principales constructores de que su comunidad, El Quebracho, “irradiara como un gran faro” ejemplo de la Comunidad Rural Organizada comprometida con el destino de su pueblo.

Distante a unos 550 kilómetros de nuestra ciudad, Cresencio llenaba de orgullo cuando se lo escuchaba decir con sabiduría que la tenencia de la tierra solamente es importante si se la pone en producción; la tierra es para trabajar sostenía el cacique, y en cada reflexión daba una lección de integración al valorar la labor conjunta de criollos en indígenas sin distingos, “bajo el mismo cielo y con las mismas metas”, convencido de que “estamos viviendo los tiempos de afianzamiento de la Comunidad Rural Organizada, con unidades productivas que se integran en la ganadería, la agricultura, producción de miel, la transformación de la algarroba, las artesanías organizadas en asociaciones y en los últimos tiempos, las ladrillerías”.

Abrazaba con ese amor puro al gobernador Gildo Insfrán, a quien le hablaba con franqueza, exponiendo sus preocupaciones y también promoviendo nuevas ideas. Y es que fue un adelantado en promover entre los aborígenes “el desarrollo productivo con todas las letras, desde el alambrado y mejoras integrales que pusieran en valor la ganadería”. Desde que participara con dos de sus animales del primer e histórico remate en su comunidad, no oculto su felicidad por ser parte de ese sueño cumplido de alcanzar un desarrollo real y apreciar la mejor calidad de vida de su pueblo.

Exponía acerca de la adversidad que los golpeaba a todos, la sequía, las inundaciones, exhortando que “solamente unidos y organizados triunfaremos siempre”.

Y no era una mera retórica, sino que marcaba “una forma de vida” que es realidad en la zona, de su pueblo integrado por el afianzamiento de la identidad y por las obras de infraestructura que elogiaba y que recordaba “ni en sueños pensábamos tener”.

Recordaba a otros antiguos pobladores y las penurias, los sueños que los desvelaban y como se inició la transformación donde ha sido un “mojón” que ya queda para la historia lugareña.  Pasa a acrecentar la fila donde ya formara tiempo atrás el querido Miguel Ortiz, quien nos dejara hace tres años, un cacique de El Potrillo, apóstol de la paz y un hombre que creía profundamente en los cambios que iba a producir el Proyecto Provincial y que murió, al igual que lo hizo Crescencio, con la felicidad de ver cumpliéndose los sueños de su pueblo.”

“Solamente no ven los cambios los que eligieron ser ciegos, los que no quieren ver al pueblo realizado, porque alcanza con levantar la vista para observar la integralidad de la construcción del Proyecto Provincial en esta región. Es una realidad la inclusión y la equidad en el oeste y doy gracias a Dios por ser parte de esta nueva historia y ver esto que tanto soñamos en el pasado”, reflexionaban tiempo atrás en la zona donde Crescencio deja un legado enorme para las generaciones presentes y las que vendrán.