Por Emilio Fernández, delegado zonal de María Cristina.
En los últimos tiempos, la palabra adoctrinamiento se ha convertido en un recurso tan práctico como efectista. Como señalaba con aguda ironía una docente formoseña en sus redes sociales, “ya no hace falta leer un cuadernillo, conocer una planificación o entrar a un aula: alcanza con que aparezca un tema político, histórico o social y listo”.
Esa liviandad con la que desde un escritorio o una red social se acusa a la escuela pública no sólo empobrece el debate sobre la educación, sino que también desconoce y desvaloriza la capacidad profesional y la entrega diaria de miles de maestras y maestros que todos los días planifican, enseñan y acompañan las trayectorias escolares con responsabilidad y compromiso.
Como delegado zonal del sistema educativo y como integrante de un pueblo originario, siento la responsabilidad de contribuir a un debate serio. Hablo desde la experiencia cotidiana de las escuelas, pero también desde una historia colectiva que mucho antes de este gobierno provincial fue invisibilizada.
Sé lo que significa que otros escriban la historia de nuestras comunidades sin conocerlas y también sé el valor profundamente emancipador que tiene una educación que recupera la memoria, la identidad, la cultura y los derechos de un pueblo.
La clave pedagógica: no es el tema, es la propuesta
El adoctrinamiento, cuando verdaderamente existe, no se define por el contenido o la temática que se aborda, sino por el modo en que se enseña. No se diagnostica mirando aisladamente el título de un material o una palabra fuera de contexto. Para llegar a esa conclusión es necesario analizar la propuesta didáctica completa, los objetivos de aprendizaje, las intervenciones docentes y el lugar que ocupa el pensamiento crítico dentro del proceso educativo.
Hay una diferencia sustancial entre enseñar procesos históricos y adoctrinar. Enseñar procesos históricos y sociales significa ofrecer herramientas pedagógicas para que los estudiantes comprendan la realidad que los rodea, conozcan los procesos que dieron forma a su comunidad, interpreten los cambios sociales, y los derechos que los asisten. Promueve el análisis, la pregunta, el arraigo y la construcción de soberanía cultural.
Adoctrinar, en cambio, consiste en no permitir preguntas, exigir la repetición irreflexiva de un dogma y negar el debate o el desarrollo de capacidades analíticas en los educandos.
Pretender que la historia reciente, el desarrollo productivo, las obras de infraestructura o la construcción de la identidad provincial no entren a la escuela bajo el pretexto de “proteger” a los niños es, paradójicamente, una forma de censura. Se priva a los estudiantes del derecho fundamental de conocer de dónde vienen y hacia dónde va su comunidad.
Respaldar al docente para defender la identidad
Nuestra planificación educativa en Formosa se abreva directamente en el diseño curricular provincial y en la Constitución Provincial. En este contexto, promover el conocimiento de la historia, la cultura y las transformaciones de la provincia no son unos lineamientos curriculares de ocasión ni un eslogan partidario; es un mandato constitucional y democrático orientativo para formar ciudadanos con arraigo, sentido de pertenencia y orgullo por su tierra.
Quienes acusan livianamente de adoctrinar buscan evitar el análisis y convertir la valiosa labor docente en un eslogan para actualizar algoritmos. Como docente de un pueblo originario, sé que la verdadera educación es aquella que emancipa, la que enseña a mirar el entorno con ojos críticos y la que valora la historia real vivida en el territorio y no la escrita desde la distancia.
El Modelo Formoseño es el que les dio voz a los pueblos originarios a través de material didáctico en nuestra propia lengua, que al igual que este caso que trascendió en redes sociales, expone el “donde estábamos y hacia dónde vamos”.
Enorme sorpresa se va llevar la legisladora cuando se entere de todo el material didáctico en lenguas originarias que producimos en Formosa, pero claro, ella no quiere que se sepa la cantidad de escuelas y hospitales construidos, la dignidad de los paipperos, las rutas que nos acercan, la energía eléctrica que llega a nuestros hogares y un largo etcétera.
La escuela tiene la responsabilidad de enseñar esos procesos desde una perspectiva pedagógica, contextualizada y abierta al análisis crítico. Reducir ese trabajo a una acusación de adoctrinamiento significa desconocer la complejidad de la tarea docente y simplificar el sentido mismo de la educación.
Quienes enseñamos sabemos que educar implica desarrollar pensamiento crítico, promover el diálogo y ayudar a comprender la realidad desde múltiples dimensiones. Esa es la esencia del trabajo docente y constituye uno de los pilares de una sociedad democrática. Es hora de salir en firme defensa de la tarea docente.
Enseñar la historia de nuestro pueblo con rigor pedagógico no es adoctrinar: es garantizar el derecho a la memoria, a la identidad y a la libertad de pensamiento en cada rincón de nuestra provincia.
Nosotros que vivimos el interior de Formosa, valoramos mucho los avances que sucedieron porque nos conectan con lo que fue distante y la defenderemos porque nos transforma para mejor y la educación es la principal herramienta de cambio que el gobierno de Formosa nos brindó para entender que somos una provincia multiétnica y pluricultural.











